jueves, 21 de octubre de 2010

El alimento perfecto

Hace unos meses, me encontré a mi mismo en la Roma a horas mañaneramente inhumanas.

Era uno de esos días en que el ambiente está frío y gris, y tienes la impresión de que va a llover, pero en el fondo sabes que no, y que al ratito va a salir un Sol todo quemante y molesto, y entonces vas a pensar que eres un pendejo por haberte puesto un suéter, pero al mismo tiempo no te lo quieres quitar porque un par de horas después va a volver a hacer frío y en efecto, va a llover como nunca.
Otro día cualquiera de clima bipolar en la ciudad de México.

Estaba yo caminando por la calle, platicando con una amiga de cosas sin importancia, cuando de pronto mi estómago gruñó cual gata en celo encerrada en una jaula de leones.

"Vaya, creo que tengo hambre", dije.
De pronto recordé que no había desayunado. No era nada inusual, porque yo nunca desayuno.
Siendo totalmente incapaz de levantarme a tiempo, siempre termino saliendo de mi casa todo apresurado, y nunca me da tiempo de comer nada antes de irme.

"Sí, creo que yo también tengo hambre", contestó mi amiga.

Hablamos acerca de lo bonito que sería desayunar unos molletes, o un omelette, o un par de piezas de pan dulce con chocolate caliente; pero después recordamos que nuestra situación económica seguía tan precaria como siempre, y nos dimos cuenta de que no teníamos dinero para ningún desayuno decente.

Afortunadamente, Jesús Cristo es tan grande en su sabiduría y compasión, que puso un puesto de tamales justo frente a nosotros.
Gracias, Jesús; por eso te acepté en mi corazón como mi pastor y el cordero de Dios que quita el pecado del mundo y tiene piedad de nosotros.

Nos acercamos a la señora tamalera y le pedimos un par de tortas de tamal verde.
Nos ofreció atole, pero le dijimos que no. ¿Acaso piensa que estamos hechos de dinero?

Unos cuantos minutos después, mi amiga y yo habíamos terminado de ingerir nuestro nutritivísimo alimento, y estábamos totalmente satisfechos.
Fue en ese momento en que nos dimos cuenta de que la torta de tamal es el alimento perfecto.

Un bolillo relleno con un tamal caliente, por sólo 10 pesos.
Es como si la vida hubiera tomado todo lo que es bueno y sagrado, y lo hubiera condensado en un pedazo de masa con unos cuantos trozos de pollo (o cerdo) de procedencia cuestionable.

Por 10 pesos puedes llenarte, y no te tienes que preocupar por comer en todo el resto del día.
Claro, probablemente tus arterias griten horrorizadas cada vez que siquiera consideras comprar una guajolota, pero en el fondo, sabes que vale la pena.

Mi amiga me dijo que ése debía de ser el alimento de los dioses (o de los dioses pobres, al menos), y que todo el mundo debería de empezar su día con un desayuno así.

No sé si lo hayan notado, pero cuando estamos satisfechos, mi amiga y yo solemos ponernos muy hiperbólicos.

En ese instante, yo recordé un incidente que había acontecido frente a mis ojos unas semanas atrás:

Estaba afuera de mi escuela, quejándome del frío, cuando de pronto llegó un compañero con una torta de tamal recién comprada.
Siendo una pequeña perra, nuestro compañero llegó presumiendo su alimento, diciendo que él no tendría frío porque iba a desayunar algo caliente y delicioso.
Estoy seguro que varios de nosotros pensamos en alburearlo, pero su cara de idiota nos hizo tenerle lástima y mejor lo dejamos en paz.

Acto seguido, mi compañero se llevo su torta de tamal a la boca, y cuando le dio una mordida, atinó sólo a morder el bolillo, haciendo que el tamal se resbalara cómicamente fuera de su envoltorio panoso.

En cámara lenta, vimos cómo el tamal salió disparado por los aires y cayó en la banqueta húmeda frente a nosotros.
Evidentemente, siendo la persona sensible y empática que soy, me ataqué de risa y le grité "¡ay pero qué imbécil eres, no puedo creer lo imbécil que eres, en serio eres un imbécil!"

Mi compañero, tratando de hacerse el cool, hizo como que no le importaba que su tamal hubiera caído al piso, y se agachó a recogerlo; pero con su habilidad sorprendente, tiró el bolillo en un charco.

Mi risa fue tal, que tuve que recargarme en la pared para no caer al piso yo también.
Por alguna razón, la desgracia ajena siempre me ha causado mucha gracia.


De regreso a la realidad, escuché a mi amiga chasquear los dedos, y me di cuenta de que me había perdido en mis recuerdos de tamales mojados.

"No, cariño, me temo que no todo el mundo puede empezar su día con un desayuno así"
"¿Huh?", dijo ella.

"Es que hasta para morder un bolillo, se necesitan más de dos neuronas. Si no, todo termina tirado en un charco pitero", le contesté.

"No te voy a preguntar de qué estás hablando... eres una persona muy rara y a veces me das un poco de miedo", me dijo ella.

Proseguimos caminando por la Roma.